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Joaquín Maurín (1896-1973)

por Anabel Bonsón Aventín

Primera parte de un excelente trabajo de la historiadora Anabel Bonsón sobre la vida de uno de los ribagorzanos más internacionales del siglo XX.

El día 12 de enero de 1996 se cumplían cien años del nacimiento de Joaquín Maurín. El centenario se conmemoró a lo largo de ese año en diferentes foros y esta charla que ofrecí entonces en el Santuario de Guayente fue también mi particular homenaje a una de las personalidades más carismáticas, brillantes, y hoy más desconocidas e ignoradas, del movimiento obrero español de la primer a mitad del siglo XX.

Maurín fue uno de aquellos pocos hombres que desde Cataluña tuvo una auténtica proyección internacional y que, junto con Andreu Nin, destacó por sus aportaciones teóricas al lánguido panorama del marxismo hispánico. Una personalidad, por otra parte, no exenta de polémica, sobre la cual planearon presumibles "enigmas" y descalificaciones que, por supuesto, hay que encuadrar en el contexto histórico altamente conflictivo que le tocó vivir.

En resumidas cuentas, un pensador cuyos esquemas revisados hoy no acusan el paso del tiempo y que ahora se reivindica por su impulso modernizador, por su pasión por el futuro y por su internacionalismo. He podido constatar además que para quienes tuvieron la oportunidad de conocerle, escucharle o para quienes han leído sus abundantes escritos, desde luego, Maurín no pasó inadvertido y cuando menos despertó una corriente de admiración. Sin duda, su talla humana y política la merecían, por lo menos esa es mi conclusión como historiadora que convivió estrechamente con él y con sus circunstancias durante casi tres años.

Yo voy a hablar aquí muy poco de esa densa trayectoria política o de su original pensamiento crítico, y, aunque a menudo ambas se confunden, voy a intentar hacer un apretado balance de la faceta más biográfica de su azarosa vida, algo que ha sido el tema central de mi trabajo y que abarca desde sus orígenes aquí en el Altoaragón, en la fronteriza Bonansa (a caballo entre Aragón y Cataluña) hasta su final como activo exiliado y nostálgico anciano en América.

Y en este sentido, debo advertir que sumergirme y escribir una biografía sobre Joaquín Maurín ha sido un placer y un privilegio y, sobre todo, un intenso aprendizaje, no sólo por ser su trayectoria un magnífico hilo conductor del movimiento obrero español de los años veinte o treinta y del convulso siglo XX o porque sus libros y escritos se encuentren entre los más lúcidos análisis marxistas del momento, sino por los aspectos más personales, aventureros, trágicos o íntimos de su periplo vital.

Por todo ello se trataba de "explicar una historia individual sólo explicable a partir de coordenadas generales" o, con otras palabras, había que contar la historia de un ser humano comprometido que intentó desde siempre conciliar el idealismo que suponía creer en la emancipación de la clase obrera y campesina con el realismo práctico y la creación de instrumentos para conseguir ese fin -y con no poca visión de la jugada y adelantándose a los propios hechos-, hasta que tras diez años de cárcel, el estrangulamiento de su partido, el asesinato de Andreu Nin y de su hermano Manuel, el hecho de no haber podido participar en la guerra civil y un cúmulo de complejas circunstancias respecto a su controvertida salvación, se desengañó y abandonó todo compromiso político para dedicarse ya como empresario cultural al periodismo en Nueva York.

De este modo la empatía con este actor social fue inevitable desde el principio y a ella contribuyeron las nunca olvidadas raíces altoaragonesas de Maurín, la endogamia y los parentescos propios de este Pirineo, cuyas redes fueron las que, sin duda, le salvaron la vida y acudieron en su ayuda en los momentos más difíciles y dramáticos.

Aquello que se llamó el "enigma" de Joaquín Maurín quedaba explicado en el libro que escribió Juana, su viuda, pero después las fuentes procesales y otros documentos privados venían a corroborar cómo Maurín se salva gracias a un primo suyo de Durro, Ramón Iglesias Navarri, confesor y amigo personal de Franco desde la campaña de África, entonces comandante-jefe de los capellanes castrenses y más tarde obispo de la Seo d'Urgell y co-príncipe de Andorra.


EL NIÑO DE LOS NAVARRI DE BONANSA
La investigación sobre los orígenes de Maurín exigía remontarse hasta el año l896 y situarse en el entorno socioeconómico y en la mansión solariega en la que nació, un edificio irregular del siglo XVI, ubicado junto a la iglesia en la plaza, cuyo matacán recuerda pasados tiempos en los que la casa fuerte era en la alta Ribagorza el centro de una economía cerrada y prácticamente autárquica. (Conviene recordar de paso que Maurín siempre pidió encarecidamente a los herederos que hicieran todo lo posible para que la casa natal se mantuviera siempre en manos de la familia) .

Allí, la estrecha convivencia de los numerosos miembros de su familia, entre los que siempre hubo abundantes sacerdotes fruto de una larga tradición clerical, con los mozos asalariados, criadas, costureras, niñeras, jornaleros o también con ilustres visitas que podían recorrer la capilla dedicada a la virgen de Piedad y a San Sebastián o la bien dotada biblioteca de "Casa Navarri", acompañaron los primeros pasos de nuestro protagonista.

La devota personalidad de la madre o el liberal y casquivano carácter del padre debieron influir tanto en él como las desigualdades sociales palpables entre los braceros o criados y los miembros de su acomodada familia campesina "que daba pan y trabajo a casi toda la comarca" y de la que se dice que en tiempos de sus antepasados cuando moría en Bonansa un Navarri la campana de la iglesia tañía con un toque especial.

Pero en aquel momento aquel inteligente tercer hijo -que leía a Virgilio o a Horacio mientras acompañaba a su padre a regar el prado, después de estudiar en Vilaller y presumiblemente en la preceptoría de Pobla de Segur andaba encaminado hacia el sacerdocio, vocación que él mismo abandonó tras su segundo curso en el Seminario Conciliar de Barbastro en 1910, donde se encontraba quien años más tarde le salvaría la vida.

De este modo se intuía como las raíces radicalmente éticas y radicalmente puritanas aprendidas en su más tierna infancia no sólo iban a ser fundamentales en sus actitudes personales y en su devenir sino que no iban a abandonarle nunca. Aquel paisaje y aquellas gentes permanecerían para siempre grabados en su carácter y en su memoria corno la mejor referencia de pureza y autenticidad, presente siempre en sus escritos inéditos y en las numerosas cartas enviadas a su familia desde el exilio. Su hermana María me hablaba, entre muchas otras cosas, de una amiga que cosía con ella en las monjas de Graus que cortejaba con Sebastianito de Peperillo, esa amiga resultó ser mi abuela y su novio mi abuelo claro.... y mientras María cosía en las monjas, su hermano Quinet visitaba en el mismo pueblo al ya moribundo Joaquín Costa -su primer y fundamental maestro-, cuando andaba de camino a sus cursos de magisterio en la Normal de Huesca y tras haber recorrido en caballerías todo el precioso valle que bordea el Turbón por el norte y que conducía hasta el Run, antes de que se hiciera la carretera.


EL MAESTRO REPUBLICANO
Allí en Huesca se evidenció ya la destacada influencia que sobre Maurín iba a ejercer tanto el magisterio de Joaquín Costa, como la pedagogía social, el aragonesismo y la rebeldía anticaciquil aprendida allí de sus amigos los oscenses: Ramón Acín, Jarné, el grausino Angel Samblancat o el aragonés de Belver de Cinca Felipe Aláiz. En medio de esa emblemática generación de oscenses, Maurín, el más joven de todos ellos, escribía a sus 18 años incendiarios artículos contra la institución monárquica y clamaba contra el nepotismo de caciques en una rebelde línea de republicanismo federalista y anarquizante.

Pero más sorprendente fue conocer la filiación republicana, aliadófila y patriotista del Maurín ya maestro en un Liceo escolar laico y pedagógicamente revolucionario que dirigía un amigo de su familia de Pont de Suert, Federico Godás, también prohombre del republicanismo social de Lérida, entonces muy cercano al Centro Obrero.

Este joven Maurín laico, conferenciante, intelectual, maestro y particularmente filósofo y humanista, muy preocupado por la moralidad del hombre, por su educación y regeneración (en el más puro estilo costista, noventayochista e incluso nietszcheano), que colaboraba en El Ideal de Lérida y en El Ideal de Aragán, desde donde proclamaba "una pedagogía social en todos los órdenes de la colectividad" como mejor instrumento para salvar al pueblo de los abismos de la ignorancia, saltó a la arena política en el año 19 a partir de su vinculación a la pletórica CNT de entonces, tras cumplir su servicio militar en Madrid.

Así, su primera juventud se perfilaba con la primera guerra mundial y con la revolución rusa como telón de fondo, grandes hitos del tumultuoso siglo XX a los que Maurín iba a dedicar no pocas páginas y que determinarían gran parte de su trayectoria ideológica. Sin lugar a dudas, la revolución rusa fue uno de los hechos históricos que imprimió carácter a sus ideas, primero como revolucionario y luego, desencantado por el estalinismo, como defensor de los valores democráticos y a favor de la unión de las diferentes formaciones socialistas.

Poco tiempo antes de que emprendiera con su inseparable Andreu Nin su primer y decisivo viaje al país de los soviets, Maurín seguía luchando desde Lérida y desde filas republicanas contra el tópico tradicionalista del cazurrismo y el baturrismo aragonés que no había que confundir con un Aragón "dinámico, costista, europeizante y regionalista" y simpatizaba con los círculos madrileños de la orteguiana revista El Sol, que hizo llegar hasta Bonansa.

Pío Baroja cuenta en uno de sus libros, igual que Maurín lo hace en sus inacabadas memorias, una excursión electoral en enero de 1918 por la provincia de Huesca en la que Baroja era el candidato para diputado a cortes por Fraga (propuesto por el pintor fragatino Viladrich) al que Maurín, el caricaturista Bagaríg, el escultor Julio Antonio, Salvador Goñi, Sánchez Ventura y Felipe Aláiz acompañaron en sus infructuosas gestiones por pueblos altoaragoneses en los que les decían "aquí hacemos puchero".


EL SINDICALISTA REVOLUCIONARIO
De este modo, a caballo entre su querida Lérida, Madrid y Aragón y ya como director del semanario sindicalista revolucionario Lucha Social, portavoz de los cenetistas partidarios de la revolución rusa, Maurín acude a Moscú a fines de 1921 al congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja, allí conocerá a Lenin y a Trosky.

A su vuelta, en plena época de pistolerismo y terrorismo de la Patronal ocupa provisionalmente el cargo de secretario del Comité Nacional de la CNT y probolchevique convencido tras haber contactado con la que le parece la fenomenal realidad rusa, a cuya fascinación pocos escaparon, entiende necesario enraizar la teoría y la práctica soviéticas en la organización obrera más importante de España: la CNT.

Es en 1922 cuando comienza su pretensión, a la larga frustrada, de dotar a la CNT (aquella "gigante con pies de barro") de doctrina política, de conquistar la dirección de sus sindicatos desde dentro, cuando se mueve y teoriza en un terreno ecléctico entre el sindicalismo revolucionario y el marxismo. Para ello funda y dirige los Comités Sindicalistas Revolucionarios y el semanario La Batalla, uno de los mejores periódicos que ha dado el movimiento obrero y siempre portavoz del pensamiento mauriniano.

En su segundo viaje a Rusia conoce a la que iba a ser su esposa, la francesa Jeanne Souvarinne, hermana de Boris Souvarinne entonces importante dirigente comunista en Francia. Con ella, su inteligente y militante compañera para toda la vida, tuvo un hijo en 1928 al que llamó Mario como homenaje a uno de los personajes de Los Miserables de Víctor Hugo.



EL COMUNISTA DISIDENTE. EL BOC Y EL POUM
A lo largo de la dictadura de Primo de Rivera, en el otoño de 1924 Maurín y su recién creada Federación Comunista Catalano-Balear ingresan, entre frecuentes detenciones, en el reducido y sectario PCE de los años 20, con cuyos dirigentes mantuvo siempre profundas disensiones. Tras casi tres años de prisión en el castillo de Monjuich (donde se gestó su primer libro), en 1927 se exilia en París, donde trabajará a las órdenes del servicio de publicaciones de la Komitern fundando y dirigiendo las ediciones Europa-América que publicaban literatura marxista especialmente para Latinoamérica.

Para esta tarea Maurín se mantenía directamente en contacto con el traductor al castellano de la mayoría de las obras, Andreu Nin, quien desde 1921 tenía en Moscú un cargo en la Internacional Sindical Roja y estaba ya perseguido por Stalin y próximo a Trotsky. La correspondencia entre ambos líderes revela muchas de las interioridades y las bambalinas del cada vez más estalinizado comunismo de aquel tiempo y advierte sobre todo de la relación íntima entre Nin y Maurín, de las correcciones estilísticas de los textos, de sus precios, las felicitaciones por el nacimiento de los hijos, algún envío de medias finas a Moscú entre abundantes pronósticos respecto a la situación española y los compañeros presos.

Los años de Maurín como militante en el sectario PCE están plagados de disidencias con su directiva. Intentando siempre una línea política autónoma basada en la necesidad de crear un partido revolucionario independiente de Moscú que pueda dirigir y preparar una revolución democrático-burguesa nacional, y según presupuestos propios acerca de las condiciones de la formación social española, acabará siempre en la heterodoxia respecto a las direcciones de las organizaciones políticas existentes y consolidadas. Así, la FCCB y con ella Maurín son expulsados del PCE en la conferencia de Pamplona, en marzo de 1930.

A partir de 1931 Maurín va creando su propio y diferenciado espacio político. En marzo, de un congreso de unificación de diversos grupos, nace el Bloque Obrero y Campesino como partido marxista, comunista sin dependencia de la URSS ni de la Komitern, con una base social híbrida, mayoritariamente catalanista y con proyección sindical hacia la CNT. Maurín es el alma y secretario general de la nueva formación que iba a pasar en dos años de 700 militantes a 7000.

A finales del año 33, frente al peligro del fascismo y tras el triunfo de la CEDA, Maurín se plantea la urgente necesidad de articular alianzas obreras de carácter defensivo y ofensivo. Fruto de esta política es la fusión del Bloc con un minoritario grupo de troskistas -la Izquierda Comunista- que encabeza Andreu Nin; de este modo, el 25 de septiembre de 1935 nace el POUM, del que Maurín es secretario general y a cuya cabeza es elegido diputado al congreso en las elecciones de 1936.

Los apasionantes años treinta supusieron para Maurín la absoluta entrega a la preparación de una revolución española que siempre quedó pendiente, los pronósticos de cara al intento de una unificación obrera que desea liderar y premonitorias advertencias del enfrentamiento futuro.

Ese es el momento en que Maurín alcanza el protagonismo que le reservaría un puesto en la historia de este país. Es entonces cuando, contra viento y marea y sin plegarse a alternativas mayoritarias materializaría su original pensamiento en dos organizaciones marxistas propias y autónomas, el BOC y el POUM, (ni trotskistas ni estalinistas sino maurinistas) que no lograrían las metas deseadas por su fundador.

Maurín fue uno de los primeros comunistas que se revelaron contra Moscú y pionero también a la hora de formular una estrategia de la revolución española con elementos culturales, económicos y sociales. Joaquín Maurín había dado vida a dos partidos marxistas que no consiguieron capitalizar la revolución democrática de la clase obrera en la que tanto había soñado su fundador. Una vez más la suerte iba a serle adversa.


DIEZ AÑOS PRESO EN LAS CARCELES FRANQUISTAS
El más aristocrático de todos los líderes obreros (medía alrededor de metro noventa, vestía traje a medida y sombrero canotier y gustaba que le tratasen de usted) que cautivaba en los mítines con su discurso esencialmente pragmático e intuitivo, el reformador por excelencia, el revolucionario filósofo, "el maestro" como le llaman sus compañeros y, sobre todo, el estratega del partido, que se había movido con soltura en el complejo e interclasista mosaico sociopolítico catalán, desaparecía de la escena pública el 18 de julio de 1936, cuando un grupo de militares golpistas decidieron interrumpir una democracia que no había tenido tiempo de consolidarse.

Algunos miembros del POUM, aquel primer peldaño de la unificación marxista, diseñado por Maurín, se sintieron como criaturas "sense pare" y respetaron religiosamente su puesto de secretario general, que ni el propio Nin ocupó.

En el dramático acontecer de la guerra se sucedieron los homenajes al héroe que se creía muerto, las calumnias y las muertes o asesinatos de amigos y familiares. Había comenzado para Maurín una larga, imprevisible y amarga aventura que le transformaría tanto moral como políticamente. Había comenzado su gran drama personal que le impediría ser el protagonista que hubiera querido en los acontecimientos que se preparaban. Había comenzado también su largo periplo de diez años y veintitrés días por las cárceles de Franco de donde Maurín saldría derrotado y una guerra civil en la que el POUM y su principal mentor morirían aplastados por el propio PCE del que habían salido.


El sumarísimo ordinario, instruido a Maurín por la jurisdicción militar desde el año 41 al año 46, incluido el consejo de guerra, consultado tras no pocas pesquisas, evidenciaba muchas de las complejas y paradójicas circunstancias que se confabularon para que Maurín salvara su vida, pero advertía sobre todo de las artimañas y las intenciones de los portadores del nuevo orden y la nueva moral.

Esa nueva moral de la cruzada militar que en pos de la unidad patria de almas y del glorioso movimiento nacional, imperial y católico, expulsó, cuando no eliminó, a los que lucharon con la más idealista bandera de la libertad y de la igualdad.

Ciertamente Maurín fue caldo de cultivo de esa feroz intransigencia y hubo de pagar, como muchos, un elevado precio por "consagrar su vida a la clase obrera y campesina y a la causa de la libertad" como reza la placa que le recuerda en la fachada de su casa de Bonansa. Desgraciadamente el destierro fue patrimonio de todos los que como él habían nacido en los albores del siglo, habían oído las voces clamorosas de los miembros de la generación del 98 y querían cambiar España destilando lo mejor de lo que ocurría allende de sus fronteras, tras las que la guerra del 14 y la revolución rusa habían trastocado el viejo orden. Los que se nutrieron y crecieron al calor de acontecimientos revolucionarios que hacían sentir el apasionante vértigo de la historia.


EL ACTIVO EXILIADO EN AMÉRICA
En 1947 Maurín -a quien los comunistas tacharon de "traidor" por ser liberado por los fascistas- se reunía con su esposa e hijo en Nueva York. Tras sufrir algunas persecuciones del FBI, la hostilidad del idioma, problemas para encontrar un trabajo o las complicaciones para renovar su permiso de residencia, Maurín consiguió en 1961 la nacionalidad americana.

En Nueva York fundó y dirigió una Agencia Literaria que distribuía artículos de conocidas firmas castellanas: Sender, Madariaga, Neruda, Arciniegas, Gómez de la Serna, Vasconcelos, etc. por todos los periódicos de América latina, y todo lo hacía el solo recurriendo, eso sí, a misteriosos secretarios y ayudantes: J. M. Juliá, W.K Mayo, Roy o Campbell que no eran otros que él mismo.

En sus 26 años de productivo y trepidante exilio americano Maurín, tras haber roto su relación con sus antiguos compañeros de partido, no participó en las diatribas de los diferentes colectivos de exiliados, sus colaboraciones en el periódico España Libre muestran a las claras su visceral anticomunismo, su anticastrismo, su defensa de los valores democráticos frente a cualquier dictadura y su paulatina reformulación de un nuevo socialismo democrático, además de un continuo proceso de aprendizaje y adaptación no exento de curiosidad, frustración y nostalgia.


ALGOL, SU ALTER-EGO LITERARIO
He acabado hace poco la edición crítica de uno de los escritos carcelarios de Maurín, corregidos y reescritos en el exilio. Se trata de una novela titulada Algol, un tanto tragicómica, despolitizada pero muy mordaz y satírica, en la que se ríe de lo divino y lo humano, en la que se revela su tremenda erudición, su intenso sentimentalismo, su profunda nostalgia y desengaño y en la que aparecen muchos de los acontecimientos vividos o soñados por su autor.

El estilo literario es cuestionable, su protagonista se llama Luis Algol un alter-ego que no es otro que él mismo y de ese escrito, en una carta reciente el hijo de Maurín, Mario, me decía que "tenía los mismos defectos que las demás tentativas literarias de mi padre, aunque, con huidizo e intermitente interés autobiográfico y con evidente tentación didáctica".

Pues bien, en esta novela, en la que Bonansa se llama Miralba, Barbastro es Peñaberneja o Lérida se identifica totalmente con Villacampa, Maurín reproduce literariamente su infancia, su juventud y su soñado regreso a la aldea natal.

Cito textualmente: Miralba no era una ciudad, era una aldea, asentada amorosamente en uno de los repliegues de la sierra. Cuando Algol era estudiante, terminado el curso, experimentaba una inefable delicia regresando a Miralba. El placer que se encuentra cobijándose al amparo de un rincón aldeano, remanso de paz, huyendo del ajetreo y torbellino de la urbe, sólo saben saborearlo a fondo las almas más delicadas. Horacio se sentía feliz en su casita blanca y sonriente, con su jardín florido, con su bosquecillo, con su arroyuelo cristalino... 'Qué dulce es sentirse de nuevo en los lugares queridos en donde transcurrieron los años de infancia! Algol retornaba a su pueblecillo después de largos años de ausencia. Antes, en su época de estudiante, Miralba estaba a unas tres leguas lejos de la carretera, a la que quedaba enlazada por un estrecho camino de herradura que, adaptándose a las sinuosidades del terreno, subía y bajaba, bordeaba precipicios y doblaba collados. Montado en un jaco tordo, Algol recorría esta última etapa de su viaje, deleitándose en la contemplación de panoramas conocidos. Cuando, al llegar a la cima del cerrillo divisaba las colinas de líneas graciosas que rodeaban a Miralba, su corazón se ensanchaba, sintiéndose inundado de satisfacción. Aquellos montículos, aquellos bosques, aquellos valles, aquellos parajes parecían sonreirle... Ahora, como la carretera pasaba por Miralba, el auto de línea le dejó delante de su casa, pero sus padres no salieron a recibirle...

De este modo, Maurín escribe los cambios acontecidos en Miralba/Bonansa que su hermana María le cuenta en cartas acompañadas de fotos y revive literariamente como las cosas ya no son lo que eran: el pueblo se había modernizado, ya no había candiles sino alumbrado eléctrico, una fuente pública en el centro de la plaza y una nueva escuela donde antes había un roble "robusto y señero", el viejo molino ha desaparecido, las tapias del cementerio han sido reemplazadas por un espeso muro de mampostería, se heló la parra de la solana de su casa.

Y algo parecido ocurre con su amada Lérida, donde Luis Algol pasea de siete a nueve por su magnífica e iluminada calle Mayor "junto a estudiantes, empleados, funcionarios, señoritas modistillas y tenientillos", con la Barcelona mítica del anarquismo y el pistolerismo o con el Madrid valleinclanesco de tertulias y peñas de café que Maurín conoció.

Lejos del lugar y de las circunstancias en que le hubiera gustado disfrutar de sus últimos días, la ficción venía a servir de puente y refugio de aspiraciones y a confirmar que las empresas que Maurín emprendió nunca excluyeron los sueños. "Ah, si yo pudiera ir a morir allá!" le decía a su amigo Arciniegas. En esa misma novela el protagonista muere en el frente aragonés defendiendo la causa del bando republicano porque, y cito textualmente: "En el fondo seguía siendo un anarquista, un anarquista un tanto complejo, un anarquista-tolstoyano (...)

Regresaría a España no a matar, pues él se sentía incapaz de matar, sino a luchar humana y moralmente por la democracia
". Y esa fue la lucha siempre acariciada por Maurín.

Como él mismo declaró en más de una ocasión, su condición de líder le había venido en cierto modo impuesta por las circunstancias pero parece ser que él se había sentido más atraído en un principio por la acción cultural, pedagógica, en términos generales intelectual de la lucha social que por la ambición política.

A mí me ha ocurrido que intentando pintar la existencia única de este hombre me he encontrado con muchos maurines, no sólo al político, teórico, revolucionario o líder carismático, sino también y a veces sobre todo, al maestro, al intelectual curioso, al periodista-empresario, al heterodoxo, al novelista frustrado, al tímido y austero puritano, y, como no, al Maurín más íntimo y genuinamente humano, al padre o esposo, al altoaragonés de Bonansa, al niño y al anciano aposentado en el placer de las cosas sencillas. Y siempre, Maurín ha sido un prisma a través del que he podido ver e interpretar el complejo mosaico social, político y cultural del tiempo que vivió, un hijo de su época con la que interactuó y de la que se nutrió y un luchador comprometido moralmente con las circunstancias que le rodearon.

No deja de ser interesante en estos tiempos que corren, y creo que siempre, destacar ese absoluto impulso moral de hacer política (por supuesto no exento de errores, excesos o equivocaciones) que retrata de cuerpo entero a Joaquín Maurín, como tampoco deja de serlo el traer a colación la película de Ken Loach, Tierra y Libertad, que hemos visto recientemente en los cines y en la que por primera vez se denuncia en las pantallas las consecuencias del estalinismo en España y que obliga a recordar lo que Maurín ya advertía en 1930, por lo que creó su propia vía marxista, desmarcada de disciplinas internacionales y por lo que fundó el POUM.

En resumidas cuentas y ya como conclusión, recordar que desde que viera la luz en "un pintoresco pueblecillo serrano asentado en el regazo de una colina", Joaquín Maurín acabaría sus días sumergido en el tráfago de Nueva York, destino que a pesar del destierro no dejaba de ser lógico para un político y un hombre cosmopolita que jamás pecó de provincianismo y que siempre se mostró permeable a aprender nuevas lecciones.

   
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