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El castillo de Fantova, una fortaleza en el corazón de Ribagorza.
por Angel Gayúbar
La antigua "civitas de Fantova" es el conjunto fortificado más singular de la comarca de Ribagorza.
Una estructura murada rodea un promontorio en pleno centro del valle de su mismo nombre guardando los accesos
al otero en el que se alzan las edificaciones más importantes de la antigua urbe. El conjunto monumental de
Fantova se alza a 1.010 metros de altitud sobre una alargada plataforma encerrada en una antigua muralla de la que quedan algunos restos.
La zona mejor conservada corresponde a la vertiente sur, fortificada por casi sesenta metros de lienzo amurallado. Entre las edificaciones
que se guarecían tras estas murallas destaca por su impresionante altura la torre circular del complejo. Fue
edificada en el estilo románico lombardo que se extendió luego por toda la comarca.
La torre ha sido reconstruida recientemente e ilustra claramente la estructura de las abundantes torres de esta
época existentes en la comarca. Las entradas en alto con acceso por escaleras móviles, las ventanas y aspilleras en todas
las direcciones o el grosor de sus muros son características comunes a una serie de fortalezas cercanas entre las que se podría incluir
las de Viacamp, Chiriveta, Montañana, Perarrúa y Torreciudad.
La planta baja de la torre de Fantova conserva una interesante bóveda, de piedras bastas en forma de arista, resolviendo
ingeniosamente el paso del círculo al cuadrado. La edificación bien puede datarse en los primeros años del siglo XI, y ser
posiblemente el más antiguo de los castillos altoaragoneses conservados en la actualidad.
En el mismo conjunto de Fantova se encuentra la iglesia de Santa Cecilia, obra románica construida entre los siglos XI y XII sobre
una anterior iglesia consagrada en el año 960 a instancias de los condes Ramón II y su esposa Garsenda. Es un edificio de nave única
con bóveda de cañón apuntada sobre arcos diafragmáticos también apuntados. Presenta la curiosidad de su doble ábside, a oriente y a occidente;
sobre éste último se construyó posteriormente una torre-espadaña para campanas. De este modo, Fantova aparece como algunos castillos de
comarcas montañosas, con una torre en cada extremo, solución muy frecuente, por ejemplo, en Alsacia.
Pero la historia de esta "civitas" es anterior en algunos años a la de sus edificios más emblemáticos. El profesor Galtier, uno de los mayores expertos
en Historia Medieval aragonesa, sostiene que la creación de la fortaleza de Fantova se remonta a mediados del siglo X, la época de mayor esplendor
del condado de Ribagorza. La fundación del primitivo castillo se inscribiría en la organización de una nueva frontera, que hizo posible que el espacio
de alta montaña ocupado hasta entonces por los ribagorzanos se expandiera considerablemente.
Y así, durante casi dos siglos, Fantova se convirtió en el centro del eje defensivo de las tropas cristianas frente a las vecinas fortalezas de Graus,
Laguarres y Lascuarre, que formaban parte de la primera línea de defensa del distrito musulmán de Barbastro.
De aquel pasado glorioso se conservan en Fantova los restos ya comentados. Subsisten además en esta fortaleza las ruinas y los vestigios de varias
edificaciones de diversas épocas históricas, así como un interesante conjunto de tumbas antropomorfas excavadas en la roca del suelo. Estos elementos
permiten al visitante trazarse un esquema aproximado de cómo debió ser el conjunto en su momento de mayor esplendor.
En las proximidades de la "civitas" se alzan una serie de edificaciones carácter civil y, fundamentalmente, religioso sumamente interesantes.
Especialmente destacable, por apartarse de los cánones estilísticos de la mayoría de estas edificaciones (levantadas al amparo de la fortaleza de Fantova
a lo largo de los siglos XI y XII), es la conocida como casa de La Tobeña, casona solariega en cuyas inmediaciones se alza la pequeña ermita románica de San Clemente.
La Tobeña es un singular edificio, hoy desgraciadamente arruinado, de origen gótico. Una airosa torre adosada en relativo buen estado de conservación
recuerda todavía hoy el pasado esplendor de esta casa fortificada.
La ermita de San Clemente se alza a unos 400 metros de distancia, cerca del barranco de la Bodegueta. Es de estilo románico popular, del siglo XIII,
con nave rectangular y ábside semicircular liso y una espadaña de un ojo sobre el hastial que recuerda cercanos ejemplos como los de las ermitas de San
Gregorio o la de San Pere de Sarrau.
El complejo arquitectónico de Fantova y de las edificaciones que surgieron a su amparo conforma una de las manifestaciones artísticas y culturales más
interesantes del AltoAragón, tanto por la riqueza y abundancia de edificios existentes en un reducido espacio (en su mayor parte construidos en el mismo románico lombardo
de la torre o en adaptaciones populares de este estilo), como por el relativamente buen estado de conservación de los diferentes conjuntos monumentales,
que se han visto favorecidos por los procesos de despoblación que se han vivido en la zona en las últimas décadas.
En este contexto nace la Asociación de Amigos de Fantova, con el objetivo de preservar este legado patrimonial.
La misma despoblación que ha favorecido su conservación se convierte ahora en el principal enemigo de la integridad de unos edificios que encierran
mil años de historia. La posibilidad de encontrar nuevas utilidades a estos recintos, como el proyecto de habilitar un observatorio astronómico en la
torre de la "civitas" medieval redundará, sin duda, en la preservación de unos monumentos que son, por derecho propio, patrimonio de todos.
Algunas notas sobre la historia de Fantova.
El historial de Fantova es tan extenso como denso. Es bien conocida por los historiadores el acta de consagración de la iglesia de santa Cecilia del castro de Fantova, el 1 de
enero del año 960, por el obispo Olisendo de Roda, a petición de los condes ribagorzanos Ramón II y Garsenda.
La iglesia era consecuencia de una anterior fortaleza ya estratégicamente instalada allí. Su emplazamiento conectaba visualmente con el castillo de Roda y, algunos años después, los de Pedrui,
San Esteban del Mall, Iscles, Cornudella y Arén, las fortalezas que marcaban la línea fronteriza cristiano-árabe al sur de Ribagorza en aquellos momentos.
La posesión del baluarte de Fantova era fundamental, tanto para defender los territorios del norte, como en vistas a la ocupación y dominio de toda la comarca de Graus.
Por eso vemos el castillo en manos de personas de la máxima fidelidad para la corona como Sancho Ramírez, hermano del rey de su mismo nombre, que poseía esta tenencia junto
con la de Benabarre en el 1080, sin duda preparando el ataque definitivo a Graus, que se ganó tres años después. Y la retuvo hasta el 1093, cuando la marcha y estabilización
de los avances hacia el sur hicieron menos necesaria la atención sobre estas fortalezas.
Como posición de retaguardia y fuente de recursos económicos, Fantova fue muy ambicionada en lo sucesivo, poseyéndola caballeros de renombre como Barbatuerta,
Arnaldo Mir, conde de Pallars o los de Entenza. Jaime I enajenó la fortaleza a Berenguer de Erill en el 1228, pero cuando Jaime II restauró
el condado de Ribagorza para su hijo menor Pedro, en el año 1322, le impuso la obligación de entregar al rey los castillos de Fantova, Fals, Viacamp, Arén, Montañana y Estopiñán
siempre que éste quisiese como posiciones importantes para el dominio de sus respectivas comarcas.
Poco a poco la importancia estratégica de Fantova fue desapareciendo y algunos siglos después la población del valle se fue asentando mucho más abajo, en La Puebla de Fantova,
en un fenómeno análogo a los ocurridos entre Castro y La Puebla de Castro o el Mon y Perarrúa.
Pero Fantova fue en su momento de mayor apogeo, entre los siglos X y XI, algo más que un rudo castilllejo de montaña y aún hoy es una reliquia de lo que era la vida
en esos años. Fantova se podía considerar entonces un auténtico "burgo"; el símbolo del poder militar y religioso que regía a los habitantes de un valle que vivían en casas
desperdigadas por un amplio territorio.
Mil años de observaciones astronómicas en Ribagorza.
Puede parecer extraña a primera vista la pretensión de convertir la torre de Fantova en un observatorio astronómico. Y, sin embargo, este recinto presenta unas condiciones magníficas
para la contemplación del firmamento.
Su propia configuración como torre defensiva y la necesidad que se les planteó a sus constructores de que dominara un amplio horizonte, unido a su emplazamiento sobre una colina sin otra
perturbación en su campo visual que la que le plantea mínimamente por el NE la sierra de Güel, hacen de ella un enclave prácticamente ideal como observatorio astronómico.
Una finalidad ésta que no sería nada nuevo en la comarca ribagorzana. Uno de los conjuntos monumentales emblemáticos de este territorio, el monasterio benedictino de Santa María de Obarra,
presenta en sus muros una verdadera sinfonía de claves astronómicas que han permanecido a la vista de quien supiera desentrañarlas desde hace casi mil años.
La iglesia de Santa María de Obarra fue construida a principios del siglo XI, posiblemente entre los años 1008 y 1020 y es, con la vecina catedral de Roda, el conjunto monumental más conocido
y visitado de la zona y un excelente ejemplo (otro más) de arquitectura románico-lombarda en el corazón del histórico condado.
En su interesante trabajo "Santa María de Obarra, observatorio astronómico del siglo XI"(1), el profesor Juan F. Esteban Lorente considera que esta iglesia
construida bajo el mandato de su abad Galindo tras ser asolado el territorio por la razzia de Abad al-Malik en 1006, no solamente resulta ser un prototipo de iglesia románico-lombarda
con perfecta organización estética y proporcional, y cuya distribución y ornamentación hablan en un lenguaje numérico-simbólico un discurso ritual teológico, sino que,
además, fue y sigue siendo "una construcción adaptada al cosmos, un observatorio astronómico y un calendario perpetuo cristiano que pudo y puede usar su arquitectura como texto nemotécnico".
El autor basa esta afirmación en la existencia en la arquitectura del templo de una serie de claves numéricas preñadas de simbolismo y en la existencia de un factor lumínico añadido:
después de las ocho de la mañana, hora solar, procedente del este el sol ilumina repentinamente la iglesia mientras que el resto del profundo valle donde se asienta permanece en sombra.
En estos momentos, un potente rayo de sol penetra por la ventana central del ábside y dibuja su silueta sobre el altar y el presbiterio y luego desaparece.
El fenómeno ocurría (ya que tras la restauración realizada en 1978 desapareció al taparse las ventanas con una lámina de alabastro) solamente durante los meses del verano, los que rodean al solsticio,
y tenía lugar en la hora monacal de la tercia, la indicada para la misa conventual.
Esteban Lorente advierte una clara intencionalidad en este fenómeno lumínico. El autor señala que se realizaba mientras el sol recorre el tramo de la elíptica comprendido entre las
constelaciones de Aries y Leo y apunta que hay que tener en cuenta que a Cristo se le llama "León de Judá" y se le representa como carnero (cordero místico) en el Apocalipsis. Así,
la orientación de la iglesia al sol en una hora determinada no hace sino ejemplificar una fe y una cuestión litúrgica.
Sin embargo, astronómicamente, lo realmente importante en Obarra es el fenómeno del rayo de la luna que aparecía antes de la colocación de las láminas de alabastro. Era un rayo
de luna llena que solamente penetraba en la iglesia durante unos pocos días y a una hora concreta.
Debido al rápido movimiento de la luna, solamente durante tres días al año era posible observar en el interior de la iglesia el paso del plenilunio solar (el segundo y tercer plenilunio de otoño
y el primero de invierno) y, por consiguiente, este hecho provocaba un fenómeno lumínico similar al ya comentado del sol. La hora aproximada de aparición era a las 8 de la
tarde, hora solar, que es precisamente la hora en que la comunidad monástica rezaba en la iglesia el oficio de completas.
A través de la iglesia de Obarra, los astrónomos de entonces sabían apreciar la conjunción del nodo norte con el solsticio de invierno, controlar el curso de la luna y predecir los eclipses
por lo que, ciertamente, nos encontramos ante un instrumento que anticipa los escritos astronómicos de Pedro Alfonso. Sabemos además por documentación histórica llegada hasta nuestros días que,
al menos desde el año 1025, se corrigieron en el monasterio Obarra las antiguas tablas astronómicas del curso de la luna.
Esteban Lorente considera en su trabajo que las posibilidades astronómicas detectadas en la iglesia de Obarra debieron tener una aplicación práctica y apunta que la más próxima era la de servir de
instrumento para determinar con exactitud y suficiente anterioridad la Pascua cristiana y, así, poder confeccionar en el mes de noviembre el calendario del próximo año, ya que a mediados de enero
pueden comenzar las fiestas móviles.
Mil años después, un nuevo proyecto pretende heredar la vocación astronómica de los antiguos ribagorzanos. No muy lejos del histórico monasterio de Obarra, la torre de Fantova puede recoger un
testigo dejado por los sabios monjes benedictinos.
(1) En "Aragón en la Edad Media, X-XI", Homenaje a la profesora María Luisa Ledesma Rubio, Universidad de Zaragoza, 1993, pp. 211-228.
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