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El Valle del Isábena, alma de la Ribagorza
por Angel Gayúbar
El valle del Isábena se encuentra situado en el extremo nororiental de la provincia de Huesca y forma parte del conjunto hidrológico que desciende desde los Pirineos en dirección norte-sur a la búsqueda del río Ebro.
Aún manteniendo unas características plenamente pirenaicas (nace en el Collado de la Corva, a 2500 metros de altitud, entre los picos del gallinero al norte y la Tuca de Urmella al sur) el río sufre un régimen pluvionival con gran irregularidad interanual y ello se traduce en grandes variaciones en su cauce.
El Isábena se abre paso desde su nacimiento a través de las sierras calcáreas de las estribaciones de los Pirineos, labrando profundos congostos de impresionante belleza como el de Obarra. En su curso medio, al norte de la localidad de La Puebla de Roda, recibe las aguas del barranco de Villacarli, que desagua las laderas meridionales del pico del Turbón. Desde aquí, el río ensancha su cauce al discurrir por los materiales del Terciario hasta su encuentro con el Esera en Graus.
No es un río muy extenso, escasamente tiene unos cincuenta kilómetros, ni su cauce es especialmente caudaloso, pero el Isábena ha tenido una gran importancia histórica y sobre sus orillas se certificó hace ya más de mil años la partida de nacimiento del condado de Ribagorza. Su valle, enmarcado entre dos ríos con mayor caudal como son el Esera y el Noguera Ribagorzana, se convirtió entonces en el eje fundamental de la historia y la cultura del antiguo condado y, durante mucho tiempo, mantuvo esta primacía.
De todo ello se han conservado numerosos vestigios que, aún hoy, asombran al viajero que se adentra en este espacio casi desconocido.
El mejor reclamo para conocer este espacio es, sin duda, la majestuosa mole de la catedral románica de Roda o el impresionante monasterio de Obarra con sus iglesias lombardas y su palacio abacial de estilo gótico, pero el valle del Isábena es una sucesión sorprendente de casas blasonadas desperdigadas por sus pequeñas poblaciones, de pueblos con sabor medieval, de numerosas iglesias y ermitas del mejor románico, de los restos de las fortificaciones que un día defendieron estas tierras y de espectaculares puentes que abren sus arcadas para salvar una corriente por lo general exigua pero con súbitos arranques de una furia devastadora.
Desandando el camino del río, partiendo desde Graus, nos encontramos con la zona conocida como el Bajo Isábena, que comprende el municipio ribereño de Capella-Laguarres y los de Lascuarre, Castigaleu y Monesma-Cajigar que, adentrándose en dirección norte, se sitúan entre las vertientes del Isábena y del Noguera Ribagorzana.
En todos ellos encontramos interesantes muestras artísticas y arquitectónicas; las siete esbeltas arcadas con que salva el río el airoso puente medieval de Capella son una excelente tarjeta de presentación del rico legado patrimonial que encierra este escondido valle altoaragonés.
En el mismo Capella, la iglesia de San Martín (obra del románico tardío del XIII) presenta la sobriedad de su portada de inspiración cisterciense y encierra un esplendoroso retablo tardo gótico recientemente restaurado.
Las casonas blasonadas y los rincones evocadores se suceden en esta localidad que abre la puerta al valle. Algo más lejos se levanta Pociello, con una curiosa disposición de pueblo-plaza y una pequeña iglesia románica a la entrada de su caserío y, pasados unos kilómetros, Laguarres, con una hermosa iglesia parroquial renacentista y la cercana ermita de la Virgen del Llano, construida en el siglo XI. Contemporáneas de la iglesia de Laguarres son la parroquial de Lascuarre (pueblo que merece una detenida vista por sus calles de sabor medieval y que conserva también una pequeña ermita románica) y la de Castigaleu.
Algo más al norte, el municipio de Monesma-Cajigar sorprende al visitante con las ruinas del castillo de la primera de estas localidades y con la interesante parroquial románica de la segunda, que está construida junto a otra edificación de origen, posiblemente, prerrománico. Además de la arquitectura religiosa, abundan las casonas y otras excelentes muestras de arquitectura civil. En la orilla opuesta, pertenecientes al municipio de Graus, se encuentran las localidades de Güel, con su reseñable ermita de la Virgen de las Rocas (edificada en el siglo XI sobre un promontorio que domina la cuenca del río), Torrelabad y El Soler.
Subiendo a contracorriente nos adentramos en el Isábena Medio, un espacio delimitado por la sierra de Serraduy, el macizo del Turbón, los Morrones de Güel y las Tozas de Calvera y cuyos municipios ribereños son los de Torre la Ribera, Veracruz e Isábena. Este último comprende las poblaciones de Mon de Roda, la Puebla de Roda, Roda de Isábena, Merli, Esdolomada, Serraduy y San Esteban del Mall y encierra numerosas sorpresas arquitectónicas. La importancia del conjunto monumental de Roda, con su maravillosa catedral románica y un conjunto urbano que parece anclado en el tiempo medieval, eclipsa al resto de las localidades vecinas.
Minimiza, por ejemplo, el encanto del caserío de La Puebla de Roda (que asciende desde su puente medieval junto al río por una ligera cresta que domina al Isábena y recuerda en su fortificada calle Mayor la primitiva función del enclave), la construcción civil en Merli, los puentes medievales que salvan el Isábena o las diferentes iglesias y ermitas románicas existentes en Serraduy, Esdolomada y San Esteban del Mall. Veracruz comprende los núcleos de Beranuy, Pardinella, Calvera, Biascas de Obarra, Morens, Ballabriga, Castrocit y Raluy.
De nuevo, la importancia de un conjunto, el monumental conjunto del monasterio de Obarra (considerado como Monumento Nacional desde 1931), eclipsa la interesante arquitectura del resto del municipio. Y eso que en Beranuy existe un airoso puente medieval de dos arcos y una iglesia románica con una airosa torre adosada que recuerda las del cercano valle de Boí.
Interesantes son también la parroquial de Calvera, también románica, los restos de su castillo medieval, la iglesia de Raluy, así mismo románica, o las varias pequeñas iglesias y ermitas desperdigadas tanto por este término municipal como por el vecino de Torre la Ribera y sus localidades dependientes de Vilas del Turbón, Villacarli, Brallans y San Aventín.
Los municipios de Bonansa y Laspaúles conforman el territorio conocido como Alto Isábena. Y de nuevo la riqueza histórica y patrimonial del valle se hace patente en las distintas localidades que atraviesa el río, en sus numerosas iglesias (en buena parte de origen románico, de cuando el valle era el corazón del obispado de Roda y el eje del condado de Ribagorza), en sus impresionantes casonas defensivas (muchas de las cuales aún hoy se mantienen erguidas) o en sus conjuntos urbanos de innegable encanto.
Una relación apresurada permite reseñar las iglesias de Villarroé, Ardanué, Espés Alto y Espés Bajo, Bibiles, Espolla o Torre de Buira y los conjuntos urbanos de Laspaúles, Abella, Neril (en alguna de cuyas casas todavía se pueden apreciar los signos mágicos que se colocaban para la protección contra las brujas) o Bonansa.
Las iglesias de estos pueblos y muchas de sus casas solariegas nos hablan de la importancia histórica de estos municipios azotados hoy por la emigración, y permiten al viajero acercarse a uno de los valles más ignorados del Alto Aragón y descubrir un territorio que es fuente de continuas sorpresas.
Un conjunto humano cohesionado
El valle del Isábena tiene como permanente telón de fondo un paisaje tan pronto dulce en sus prados y campos cultivados, como atormentado en las sierras y cumbres que lo circundan y que, hasta no hace mucho, lo aíslan de las tierras circundantes. Un paisaje que estalla en una amalgama de colores puros en los meses de primavera y otoño, confiriendo al valle un aspecto mágico y, en cierta medida, irreal de gran belleza.
Ello es debido a que, por la estrechez de buena parte del valle, en el espacio de unos cientos de metros conviven distintas especies de árboles y arbustos de ribera con aquellas típicas de media y alta montaña o las habituales en terrenos pedregosos. En el momento de su floración o cuando las hojas de los árboles caducifolios comienzan a caer, la sinfonía cromática que se despliega sobre el valle del Isábena reviste una brillantez inesperada.
Sobrepasado Graus, donde el Isábena rinde sus aguas al Esera en la cola del pantano de Barasona, adentrarse en el valle de este río permite constatar unos modos y una forma de entender la vida comunes a todos sus ribereños. Con sus cordilleras suavemente ascendentes, el Isábena pasa por los llanos de Capella a las crestas del Turbón, los macizos de Calvera, la serranía de Sis y, abriéndose paso entre el congosto de Obarra, nos conduce por Laspaúles a las estribaciones pirenaicas y al pico Gallinero que ve nacer su corriente. Las tierras por las que atraviesa conforman una unidad más allá de aparentes diferencias que se aprecian conforme el viajero asciende al norte.
La casa solariega es en todo el valle el fundamento de la estructura familiar y los edificios, muy parecidos en el exterior, lo son muchas veces también en el interior, como un símbolo del ordenamiento patriarcal dominante en la Ribagorza hasta hace escasas fechas.
Y la fabla típica del valle, diversificada por múltiples matices muy localizados, ha actuado históricamente como ese lazo de cohesión imprescindible para generar un sentimiento de pertenencia a un proyecto común del que están imbuidos todos los ribereños del Isábena.
Las diferencias dialectales en el valle del Isábena.
El histórico aislamiento en que vivió el valle del Isábena hasta una fecha relativamente reciente ha favorecido la conservación de sus fablas locales.
Si todas las fablas ribagorzanas son, hasta cierto punto, hablas de tradición entre el catalán (en su variante occidental) y el aragonés, las del valle del Isábena son en su mayor parte hablas mixtas, a veces difíciles de atribuir al catalán o aragonés, pero en su mayoría con un antiguo fondo catalán.
Por sus especiales características, los lingüistas reconocen siete grupos diferentes de hablas en este espacio. Uno primero es el del núcleo dialectal de Calvera, Las Herrerías, Beranuy o Raluy, que representa un tipo de catalán occidental arcaico con algunas influencias foráneas. Las hablas de Serraduy y Riguala, con un antiguo fondo catalán, presentan muchas influencias aragonesas o castellanas. Diferenciados también están los grupos de hablas del entorno de La Puebla de Roda, Roda de Isábena y el Mon de Roda, la de Güel, La Collada o La Mazana, el habla de Laguarres (que todavía tiene más elementos aragoneses) y la de Capella, que ya se puede considerar como fabla aragonesa totalmente y es muy parecida a la de Graus. El séptimo de los grupos es el de la zona de la Ribera, valle lateral del Isábena al sur del Turbón, donde se habla un dialecto mixto aragonés-catalán, parecido mucho al de Serraduy, pero ya con conexiones con las hablas del curso medio del vecino valle del Esera.
No hay una literatura popular especialmente reseñable entorno a estas variantes dialectales, pero es muy importante, en cambio, el fondo de documentos antiguos de la antigua catedral de Roda, que conservan rasgos arcaicos de estas fablas.
Cabe señalar que, pese a las variaciones dialectales apreciadas, el idioma del valle se ha consolidado durante los siglos como nexo de unión de las gentes ribereñas del Isábena y como rasgo identificativo plenamente asumido.
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