La función de la torre, además de la de vigilancia del territorio y de la evidente defensa de la fortaleza, se convertía también en el último bastión de resistencia en caso de que el enemigo consiguiera traspasar la muralla.
Disponía, además de almacenes e incluso mazmorras en el piso más bajo, de estancias o aposentos para el señor y sus sirvientes, contando en muchos casos con una letrina embebida en el muro que desembocaba a un pozo ciego o al foso.
Los vanos y ventanas eran muy estrechos y situados a considerable altura para impedir la entrada de las flechas en caso de ataque. Asimismo en los pisos superiores existían saeteras o aspilleras que permitían lanzar flechas al exterior (posteriormente estas aspilleras incorporaban un hueco circular para disponer cañones, llamándose entonces cañoneras o troneras).
Bajo las almenas se construían en ocasiones voladizos de madera a modo de balcones llamados cadalsos. Éstos permitían un mejor ángulo de tiro y, mediente agujeros en el suelo de los mismos, lanzar piedras y objetos sobre el atacante. Para minimizar la fragilidad de los cadalsos, a menudo se construían de piedra (matacanes o ladroneras).
Muchos de estos elementos de defensa están presentes también en multitud de casas de la comarca.
Varias aspilleras y torre con matacán en lugares de la Ribagorza